¿Sabías que la soja llegó a Paraguay en 1921 de la mano del médico e investigador paraguayo Pedro Nicolás Ciancio? Hoy, más de 100 años después, este producto representa cerca del 50 % de las exportaciones y generó USD 3.513 millones en divisas hasta julio de 2026. El desafío, según Santiago Bertoni, asesor de la UGP, es transformar ese volumen en más valor dentro del país.
Un gran descubrimiento. En 1921, cuando Paraguay todavía estaba lejos de imaginar la dimensión que tendría su agricultura, Pedro Nicolás Ciancio introdujo la soja al país. Médico e investigador formado en Italia, vio en aquella leguminosa la posibilidad para alimentar a la población y, al mismo tiempo, generar una oportunidad económica para las familias rurales.
Más de un siglo después, aquella visión adquirió una dimensión extraordinaria ya que la soja se convirtió en uno de los grandes motores de la economía paraguaya y en el principal generador de divisas del sector agroexportador.
“Ciancio fue un visionario”, señaló Santiago Bertoni, asesor de la Unión de Gremios de la Producción (UGP) dejando entrever que su mirada no se limitaba solo a las propiedades como alimento. “Él veía que podía ser una alternativa para las familias rurales, una forma de generar ingresos y desarrollar una actividad productiva”, precisó.
Así, lo que comenzó como una experiencia de adaptación y difusión en Caazapá fue adquiriendo otra escala con el paso de las décadas. La soja encontró condiciones para crecer, incorporó conocimiento, tecnología y nuevas formas de producción, y terminó construyendo una de las cadenas de valor más importantes del Paraguay.
“Cuando hablamos de soja, muchas veces pensamos solamente en el productor o en la exportación. Pero detrás hay una enorme cadena”, explicó Santiago. Están los proveedores de semillas e insumos, la maquinaria, los talleres, los silos, el transporte, los puertos, las industrias y los servicios. También miles de pequeñas y medianas empresas que encuentran en esta actividad una fuente de movimiento económico.
El otro cambio profundo, indicó, está en quiénes participan de esa transformación. La agricultura tecnificada dejó de ser exclusivamente una herramienta asociada a los grandes establecimientos. Alrededor de 900.000 hectáreas de soja son cultivadas por pequeños productores, que mediante el acceso a tecnología y conocimiento pudieron incorporarse a cadenas de valor y mejorar sus resultados económicos.
Para el asesor de la UGP, ese punto es fundamental, pues “la tecnología no tiene por qué ser patrimonio de los grandes productores. Es una herramienta que permite producir mejor, ser más eficiente y mantenerse competitivo, independientemente de la escala”.
La soja, entonces, puede leerse como mucho más que un producto de exportación. Es una historia de productividad, innovación y generación de oportunidades que conecta al pequeño productor con los mercados internacionales y al campo con una extensa red de empresas y servicios.
Y allí vuelve a aparecer Ciancio. Más de cien años después de aquella primera apuesta, la dimensión alcanzada por el cultivo permite entender la magnitud de su visión. “Lo interesante de esta historia es que demuestra que una idea puede tardar décadas en mostrar todo su potencial”, reflexionó Santiago. Agregó que “Ciancio introdujo la soja pensando en una necesidad concreta de su tiempo. Hoy vemos que esa misma planta terminó siendo parte fundamental de la economía paraguaya”.
El desafío ahora es que esa historia no se detenga y que el siguiente capítulo pase por seguir incorporando tecnología, aumentar la productividad, generar mayor valor agregado y lograr que los beneficios de la actividad alcancen a más productores y territorios.
La soja que Ciancio llevó al Paraguay hace más de un siglo ya no es solamente una semilla. Es producción, industria, logística, empleo, tecnología y divisas. Y también una lección sobre el desarrollo: las grandes transformaciones económicas pueden comenzar con alguien que, mucho antes que los demás, es capaz de ver una oportunidad donde todavía nadie la ve.