Una mesa, doce tiempos y un país entero por descubrir. El Perú invita a recorrer su costa, sus Andes y su Amazonía a través de sabores, aromas y tradiciones que convierten la gastronomía en una forma de explorar con los sentidos.
La puerta de la residencia de la Embajada del Perú se abre y, antes de llegar a la mesa, el primer encuentro sorprende. A pocos pasos de la entrada, una representación del papa León XIV, de una apariencia tan real que por un instante parece que el propio pontífice estuviera allí para recibir a los invitados.
Unos pasos más adelante, ahora sí, aparece la verdadera anfitriona: María Antonia Masana, embajadora del Perú en Paraguay, esperando personalmente para dar la bienvenida. La escena ya marca el tono de lo que vendrá. ¡Un viaje con pasaporte incluido!
Sobre la mesa, el pisco anuncia el comienzo. Después llegarán doce tiempos, pero también doce pequeñas historias de un país que parece haber concentrado en su cocina una geografía entera.
“Los peruanos somos de buen comer”, expresa la embajadora con una amable sonrisa. Y lo dice con la naturalidad de quien está hablando de algo cotidiano, casi familiar. Cuenta que a los peruanos les gusta comer bien, que disfrutan los picantes y que una mesa siempre puede convertirse en una buena excusa para conversar. Así, entre bromas, historias y explicaciones, empieza a descubrirse el Perú.
El chef oficial de la Embajada, Elías Motta, diseñó el menú como quien dibuja un mapa. La primera parada llega en tres pequeños bocados: ocopa, pulpo al olivo y tiradito.
La embajadora los presenta uno a uno. La ocopa, originaria de Arequipa, al sur del Perú, llega con una delicada salsa de huacatay, ají amarillo, queso fresco y maní; el pulpo se encuentra con la suavidad y el sabor profundo de las aceitunas negras; y el tiradito con ají amarillo pone al pescado fresco en primer plano. Tres bocados y ya parece que la mesa hubiera recorrido varios kilómetros.
“Ahora viene el ceviche”, anuncia María Antonia, como quien sabe que acaba de llegar uno de los momentos más esperados. Y lo es. El pescado fresco, el limón, el ají y la leche de tigre despiertan el paladar. La embajadora se detiene en este último elemento y explica que no es simplemente el líquido que queda en el plato: es parte esencial del ceviche, una mezcla intensa, cítrica y especiada que concentra buena parte de su carácter.
Después le toca el turno a las conchitas a la parmesana, gratinadas y cremosas; la trucha andina, que lleva la conversación hacia las alturas; y el chupe de camarones, más contundente, profundo y reconfortante.
La embajadora va hilando las historias mientras los platos circulan. La mesa ya no parece una presentación gastronómica, sino una reunión entre amigos en la que alguien conoce muy bien el país y quiere mostrarlo sin apuro.
Hasta que aparece una protagonista que, a simple vista, parece mucho más humilde: la papa. “Tenemos muchísimas”, cuenta María Antonia, y enseguida aparecen los colores. Moradas, amarillas, rojas, anaranjadas, de distintas formas y tamaños. Perú es uno de los grandes centros de diversidad de este tubérculo y conserva cientos de variedades nativas.
En las causitas tricolor de papas andinas, esa diversidad se convierte en paisaje. Tres colores de papa, tres texturas, tres pequeñas postales de los Andes.
La conversación continúa y también cambia el tono. Es hora de los anticuchos, con el aroma del fuego y la parrilla. La embajadora habla de su presencia en las calles y de esa cocina popular que también forma parte de la identidad peruana.
Después aparecen la trucha a la parrilla, el chupe de camarones y el arroz chaufa con Kam Lu Wantán. Y aquí la historia vuelve a cruzar fronteras. La influencia de la inmigración china está profundamente incorporada a la gastronomía peruana. El chaufa es una de sus expresiones más conocidas. La cocina, una vez más, demuestra que puede recibir influencias externas y convertirlas en algo propio.
El lomo saltado lleva esa mezcla todavía más lejos: carne, cebolla, tomate, ají y papas se encuentran en un plato que parece sencillo hasta que uno empieza a pensar en todo lo que cuenta. La embajadora lo explica con esa mezcla de entusiasmo y familiaridad que atraviesa toda la comida. En Perú, las culturas llegaron, se encontraron y terminaron cocinando juntas.
La ruta se interna entonces hacia territorios más verdes. El tacacho con cecina trae el plátano verde y la carne ahumada; el juane, con arroz, especias y su particular envoltura, lleva directamente hacia la Amazonía. La mesa cambia otra vez. Aparecen sabores más intensos, aromas ahumados y preparaciones que hablan de una geografía completamente diferente.
Y mientras los platos siguen llegando, la embajadora no deja que nadie simplemente coma. Cada preparación abre una conversación. Ese es quizás uno de los mayores encantos de la experiencia: la comida nunca llega sola. Siempre trae una historia detrás.
Y cuando parece que el recorrido termina, llega el momento dulce. El suspiro de limeña, con notas de maracuyá, aparece delicado, cremoso, coronado con merengue. María Antonia cuenta entonces una de esas historias que hacen que un postre deje de ser simplemente un postre.
Su origen está vinculado al antiguo manjar blanco y a una mujer llamada Amparo Ayarza, esposa del poeta peruano José Gálvez Barrenechea. Según la tradición, ella preparaba este dulce y, cuando Gálvez lo probó, quedó tan encantado con su textura y dulzura que lo comparó con el suspiro de una mujer. El nombre quedó para siempre.
La historia se cuenta alrededor de la mesa y, de pronto, cada cucharada parece tener un poco más de Lima.
Pero todavía falta un personaje. Aparece un enorme King Kong, el famoso alfajor de Lambayeque. La embajadora explica su nombre y basta mirar el tamaño para entender la comparación. Este dulce, compuesto por grandes capas de masa y rellenos como manjar blanco y dulces de frutas, fue asociado por su dimensión con el gigantesco gorila de la película King Kong. La mesa ríe. Es difícil no hacerlo frente a semejante alfajor. Antes del último destino, los dulces de convento y para finalizar el recorrido una taza de café Geisha, traído especialmente desde Chanchamayo, en la selva central peruana. Aromático, delicado y diferente, llega cuando la conversación ya se volvió sobremesa.
“Viaje por los sabores del Perú” propuso descubrir un país antes de llegar, imaginar sus mercados, sus costas, sus montañas, sus campos y su selva a través de una mesa.
Pero aquella experiencia tuvo también un significado especial. Fue una de las últimas presentaciones de María Antonia Masana antes de emprender una nueva misión diplomática en Sudamérica, después de casi tres años en Paraguay. Se irá llevando consigo una parte de este país que la recibió y, a la vez, dejará aquí una huella de la cultura peruana que tanto ama.