El viñedo lo plantó su padre en el desierto mendocino y hoy la familia produce vino, aceite de oliva, gastronomía y experiencias en los mercados más exigentes del mundo. Así es Familia Zuccardi, una firma liderada por José Alberto “Pepe” Zuccardi, quien visitó Paraguay para hablar de generaciones, innovación, territorio y de una idea que atraviesa todo lo que hace: la calidad no se negocia.
José Alberto “Pepe” Zuccardi -Pepe desde la secundaria- llegó a Paraguay en un día fresco, de esos que, según cuenta, invitan a tomar vino. Pero la conversación rápidamente dejó de ser una charla sobre temperaturas para convertirse en un recorrido por una empresa familiar que lleva décadas intentando responder una misma pregunta: ¿cómo hacer algo cada vez mejor sin perder aquello que lo hace único?
La respuesta, para Pepe, empieza en el consumidor y también en la tierra. Observa que los jóvenes se incorporan al mundo del vino principalmente entre los 25 y 35 años y llegan con mayor curiosidad. Ya no buscan únicamente tintos: aparecen blancos, rosados y variedades como Chenin y Torrontés. “La gente empieza a ser más curiosa”, expuso.
En paralelo, el vino compite con una oferta cada vez mayor de bebidas. Allí defiende una diferencia fundamental: el vino no se consume de la misma manera que una gaseosa o una cerveza; se contempla, se acompaña con comida, se disfruta. Por eso también tiene una posición definida sobre una de las tendencias que está ganando espacio: el vino sin alcohol. Para Pepe, “el vino sin alcohol, en realidad, no es vino. Es otra bebida”. Prefiere hablar de vinos naturalmente bajos en alcohol, como un Chenin dulce de 7,5 u 8 grados, en la que la menor graduación surge del propio proceso de elaboración.
Calidad como destino. Pero si hay una palabra que domina toda la conversación es calidad. En este sentido, nuestro protagonista indicó que Familia Zuccardi trabaja sobre cuatro pilares: calidad, innovación, cuidado del medio ambiente y utilidad para las comunidades en las que desarrolla sus actividades. No son solo valores institucionales. Funcionan, explicó, como una matriz de decisión, pues las inversiones y proyectos deben contribuir a alguno de ellos y nunca ir en contra.
La historia ayuda a entender por qué. Su padre, ingeniero civil, comenzó en 1950 trabajando con sistemas de riego en Mendoza, una provincia que es esencialmente un desierto. Solo una pequeña parte de su superficie puede ser cultivada bajo riego. Su obsesión era entonces hacer más eficiente el uso del agua. En 1963 decidió plantar un viñedo como demostración de aquellos sistemas. Pepe tenía nueve años y empezó a acompañarlo al campo todos los sábados.
A los 22 años se incorporó profesionalmente a la empresa. Durante años estuvo ligado a la agricultura hasta que llegó la decisión de pasar de producir a salir a los mercados. En 1980 comenzó a trabajar sobre el mercado argentino y, en 1992/93, se enfocó fuertemente en la exportación.
Hoy, aproximadamente la mitad de la producción se comercializa en Argentina y la otra mitad llega a alrededor de 70 países. “Argentina puede llegar, puede competir, puede jugar en los mercados más exigentes”, afirmó.
La prueba está también en los reconocimientos. Y es que la bodega cuenta con 14 vinos que alcanzaron 100 puntos de distintos críticos. Para Pepe, más que un premio, es una forma de demostrar que los vinos argentinos pueden estar a la altura de las regiones vitivinícolas más prestigiosas del mundo.
El crecimiento no es sinónimo de dispersarse. La familia decidió profundizar su vínculo con Mendoza y, especialmente, con el Valle de Uco. “Nos gusta vivir cerca del viñedo. Sentir lo que el viñedo siente”, explicó. Porque para él, el vino nace de una combinación irrepetible compuesta por el lugar y la gente.
Esa filosofía también explica Piedra Infinita. En una finca de 42 hectáreas calcularon que tendrían que retirar unos 300 camiones de piedra para poder plantar. Terminaron sacando más de 1.000. La piedra terminó dando nombre al proyecto y también inspiró una bodega construida con materiales del lugar. “Con la montaña lo único que no puedes hacer es competir. Tienes que integrarte”, dijo esbozando una sonrisa.
La tercera generación llevó esa lógica todavía más lejos. Cuando sus hijos se incorporaron, Zuccardi resolvió no imponerles la continuidad de lo que habían hecho sus antepasados. “Para la gente joven el desafío es siempre hacer cosas que aún no han sido hechas”, reflexionó. Así, Sebastián se enfocó en el Valle de Uco; Miguel desarrolló un proyecto de aceites de oliva de alta calidad; y Julia tomó protagonismo en el área de hospitalidad y gastronomía.
“Yo me sumé a los proyectos de mis hijos”, reveló, dejando entrever que el resultado es una empresa que hoy va mucho más allá del vino. Hay tres bodegas con identidades diferenciadas, aceite de oliva y restaurantes. En el caso del aceite, la familia busca reproducir la lógica de segmentación que transformó al vino: pasar de un commodity a un producto premium, con variedades, maduración y procesos de extracción diferenciados.
La innovación también alcanza la arquitectura. Una nueva bodega de Santa Julia ya está operativa y avanza un centro de visitas que prevén inaugurar en marzo de 2027. Sus muros están construidos con tierra compactada, siguiendo una concepción similar a Piedra Infinita: que la obra dialogue con el territorio.
La tecnología, mientras tanto, entra al viñedo. Riego por goteo, precisión y manejo del desarrollo radicular permiten utilizar mejor el agua y trabajar con mayor eficiencia. Pero Pepe pone un límite: “La tecnología nos da herramientas, pero finalmente hace falta el criterio humano”, aseguró.
Porque el vino, dijo, no puede convertirse en una fórmula. Un mismo viñedo puede producir uvas diferentes según quién lo trabaje y esas mismas uvas pueden convertirse en vinos distintos según el equipo que las vinifique. La identidad aparece precisamente allí donde la estandarización termina.
En Paraguay, esa historia lleva más de 20 años. La relación comercial con London Import comenzó con Santa Julia y luego se expandió hacia las distintas marcas de la familia. Incluso existe una curiosa conexión industrial: las latas utilizadas para sus vinos, que antes llegaban desde Brasil, hoy son fabricadas en Paraguay.
Y mientras la cultura del vino local crece, también crece la formación de sommeliers, las catas privadas y la relación entre vino, gastronomía y experiencias.
José Alberto mira además una oportunidad que trasciende la botella: Mendoza y Paraguay podrían estar mucho más conectados turísticamente. Habla de la nieve, la gastronomía, las bodegas, el aceite de oliva y plantea la conveniencia de un vuelo directo entre Asunción y Mendoza.
Para Pepe, una empresa no vale solo por lo que vende; debe ser útil a quienes la construyen y a la comunidad en la que existe. Y una familia empresarial no es únicamente una cuestión de sangre, sino de valores y objetivos compartidos. Quizás por eso, después de más de seis décadas desde aquel primer viñedo de su padre, Pepe siga hablando del vino como si todavía estuviera descubriéndolo. Y es que para él, la calidad no es una meta alcanzada, sino una manera de hacer las cosas.
Antes de volver a Mendoza, Pepe dejó una invitación abierta a los paraguayos. Quiere verlos en sus viñedos, restaurantes y bodegas. Nieve, montaña, gastronomía, vino y aceite, una experiencia alrededor de aquello que la familia lleva tres generaciones defendiendo: que el lugar y la gente hacen la diferencia.