Gabriela Teasdale
Presidenta de la Fundación Transformación Paraguay
El fútbol mueve al mundo porque en noventa minutos revela de qué estamos hechos y de qué somos capaces. Cada torneo nos emociona porque vemos a un país entero unido detrás de una bandera, empujado por la pasión, la fuerza y la esperanza de su gente. En esa cancha pasa de todo y, si prestamos atención, nos regala una lección profunda sobre el liderazgo y la vida diaria.
La selección española, que se llevó el título de campeón, nos entregó varias enseñanzas, pero me voy a enfocar en esta. Ganaron porque aprendieron a jugar juntos, sin egos. No dependían de una estrella individual, sino de un grupo donde cada jugador confiaba en el compañero. España se merecía la copa. Pero todos los países que participaron del mundial de fútbol también deben celebrar el haber estado ahí entregando lo mejor. Algunos nos sorprendieron, como Cabo Verde o Marruecos, con todo lo que lograron. Esto lo podemos trasladar a nosotros mismos. Muchas veces dudamos de lo que somos capaces y desconfiamos de nuestros talentos, así como del potencial de los demás. Pero la verdad es que no hay gigante que nos pueda derribar cuando sabemos quiénes somos.
Pero el torneo también mostró la cara amarga. Vimos injusticias en los cobros, discusiones subidas de tono y jugadores que, cegados por la rabia de perder, se fueron de la cancha peleando o ignorando el saludo del rival. Es la frustración del momento, esa soberbia que aparece cuando no aceptamos la caída o cuando nos cuesta reconocer que el otro lo hizo mejor.
Esto vuelvo a vincularlo con nosotros. La cancha es un espejo de nuestra propia historia personal, de nuestro hogar, trabajo y de nuestras organizaciones. ¿Cuántas veces nos comportamos igual que esos jugadores frustrados? A menudo nos encaprichamos en discutir simplemente por tener la razón, buscamos culpables en vez de hacernos cargo o nos llenamos de bronca cuando los planes no salen como queríamos. Nos cuesta horrores aceptar un tropezón y levantarnos con dignidad.
El verdadero liderazgo empieza por uno mismo, cuando entendemos la fuerza de nuestro ADN y apostamos por nuestros talentos; es ahí cuando decidimos jugar el partido sabiendo quiénes entrarán con nosotros a la cancha a dejarlo todo. Escribir una buena historia exige mantener la integridad, caballerosidad y el respeto aun cuando las cosas se pongan difíciles o injustas. Nuestro mensaje hacia afuera impacta; tengamos cuidado.
La lección más grande que nos entrega la pelota no está en levantar un trofeo, sino en la actitud con la que jugamos cada día. Vivir de verdad implica saber ganar con humildad, aceptar la derrota sin perder la calma, estrechar la mano de quien tenemos enfrente y recordar que nuestro valor como personas no lo define un resultado, sino la nobleza con la que elegimos caminar.