Por: Adelaida Alcaraz
A veces, las grandes lecciones de vida no se transmiten en discursos, sino en historias sencillas, vividas con dignidad, fe y esfuerzo. La de Daniel Nasta y su padre Rafael es una de las que se narran en su nuevo libro “Pequeñas historias que hacen grande la vida”.
A comienzos del siglo XX, un niño sirio acompañó a su madre que se embarcaba rumbo a América para encontrarse con su esposo. Al llegar, la ilusión del reencuentro se desvaneció: el padre, que había migrado antes en busca de oportunidades, había fallecido. Con apenas unos años y sin conocer el idioma, aquel niño, Rafael Nasta, tuvo que adaptarse a una nueva tierra y comenzar de cero. Fue canillita en Buenos Aires y, desde allí, paso a paso, construyó un camino que terminaría dejando huella en Paraguay.
La historia de Rafael está marcada por la resiliencia. Su infancia estuvo llena de desafíos, como aquel episodio que su familia aún recuerda con ternura. Durante la travesía en barco se negó a comer los “gusanos largos” que le ofrecían, sin saber que eran simples fideos, alimento que jamás había visto. Anécdotas como esta, sencillas pero profundas, dan cuenta de lo mucho que puede enseñarnos una vida aparentemente ordinaria.
De joven, quiso estudiar filosofía. Su madre, práctica y sabia, le sugirió un camino distinto. “La filosofía no da de comer. Estudiá comercio”. Y así lo hizo. Con el tiempo, se convirtió en un exitoso comerciante, fundó varios negocios, y más adelante, ya en Paraguay, creó empresas que aún hoy son referentes, como la publicitaria Nasta y la firma Lincoln, que a la fecha son dirigidas por sus hijos Daniel y Jorge Nasta respectivamente, a quienes el propio Rafael, mucho antes de morir les hizo entrega, transmitiéndoles así esa visión de responsabilidad, y, por supuesto, adelantándoles la herencia, al ponerlos al frente de cada una de las empresas.

Rafael Nasta y Ana García Costero de Nasta. Foto: Gentileza.
Rafael fue también un hombre de letras. Ejerció el periodismo, escribió un libro, y durante años cultivó una mirada crítica, reflexiva y agradecida del mundo. Su vida cotidiana era un acto de fe. Comenzaba cada día con una señal de la cruz, dando gracias a Dios y a su madre, por quien sentía una profunda admiración.
Hoy, su hijo Daniel Nasta, publicista, empresario, escritor, rescata esas memorias en su nuevo libro “Pequeñas historias que hacen grande la vida”. Esta obra nos recuerda que la verdadera grandeza muchas veces habita en el silencio del esfuerzo, en los gestos cotidianos y en la fuerza que tienen las raíces.
“La vida me ha enseñado la importancia de ser una persona abierta y estar permanentemente alerta para vivir nuevas experiencias. Intento no prejuzgar ni juzgar. Esta apertura me permite asimilar mejor lo que m rodea. Crecer es un ejercicio mental de autoafirmación”, reflexiona Daniel.
El nuevo libro de Daniel Nasta es un viaje íntimo por las memorias que forjan una vida. Desde historias entrañables de su padre, Rafael Nasta, hasta anécdotas de amigos, personajes ilustres, y rincones de Asunción y de varios puntos del exterior que marcaron una época.
El autor comparte pasajes que conmueven, enseñan y entretienen. Incluso revela el origen de los nombres de sus hijos: Rodrigo, Martín y María. “La elección de nombres para mis dos primeros hijos pasó por un proceso de investigación y selección previa a sus nacimientos: Rodrigo y Martín, el líder y el guerrero”, relata Daniel Nasta con ese tono reflexivo que lo caracteriza que atraviesa las páginas de “Pequeñas historias que hacen grande la vida”, un compendio, sin dudas, de memorias familiares, anécdotas entrañables y lecciones que trascienden generaciones.
Sin embargo -continúa- “cuando Ana María quedó embarazada por cuarta vez -habíamos perdido un hijo entre el primero y el segundo- decidimos esperar a que naciera para saber si sería varón o mujer”.
En la casa ya todos esperaban que llegara una niña. Y como era costumbre en él, Daniel se volcó a su biblioteca y comenzó a investigar con dedicación nombres posibles para ambos sexos. “Me pasé meses mirando, leyendo, pensando e investigando, pero ningún nombre de mujer se me fijaba; todos parecían diluirse”, confiesa en el texto.

Hasta que llegó el día. “Cuando Ana María despertó del parto, preguntó por el sexo del bebé. Al saber que era una niña, simplemente dijo:—¡Ah! Nació María.—¿María? —me pregunté, sorprendido”.
Entonces ella le reveló una promesa que había hecho en silencio. “Le prometí a la Virgen que, si era mujer, le pondría su nombre”.
Conmovido, Daniel buscó rápidamente el significado del nombre: “la bendecida”. Fue el único nombre de sus hijos que no nació de su minuciosa investigación. “Llegué a la conclusión de que vino a este mundo con ese nombre. Que así tenía que ser”, escribe.
Y el tiempo le dio la razón. Además de bendecida, María es una luchadora. Peleó por ganarse su lugar entre sus dos hermanos varones, y lo sigue haciendo en su vida adulta y profesional. Su historia, como muchas otras contadas en este libro, revela cómo lo cotidiano puede convertirse en enseñanza.
Con este nuevo libro, Daniel Nasta no solo rinde homenaje a su padre Rafael, a su familia y a una época, sino también a los pequeños momentos que marcan la vida con profundidad. Momentos que, como este, nos recuerdan que lo simple, pues cuando se vive con amor, fe y dignidad, todo, absolutamente todo |puede ser extraordinario.

El autor del libro junto con su hijo Rodrigo Nasta, su nieta Renata Nasta, y su mejor amigo, Daniel Tamborini, quien se llegó de la Argentina especialmente para la noche de presentación de su libro. Foto: Cristóbal Núñez
